
Es la hora del café, Valdivia se presta para eso en estos días. Encontré el mio, aca en pleno centro (no es que le este haciendo reclame). Un lugar cómodo, donde te puedes quedar dandole vueltas a la cuchara por horas sin que se te aparezca ningún individuo inscidioso a preguntarte si quieres algo más, de hecho hasta llegas a sentir que se han olvidado por completo de que estas sentado mirando pasar las horas. Encontré preciso hablar de éste lugar, porque desde que me aparezco por ésta ciudad no me han faltado motivos por los cuales pasar por él. El año pasado empecé aquí, así es. Empecé, porque llegué un día cualquiera, frio, oscuro y no tenía nada más que hacer que esperar a mi socio por un par de horas, y acá cargada con mi maleta-hogar, esperé y escribí una carta que núnca mandé, que ahora que lo pienso debí haberlo hecho para evitar guardar esas palabras hasta que me muera. En fin, el hecho es que estuve casi dos horas, tomando un café inmenso, cargado, aromático. Un buen café. A diferencia de la cafetería Entrelagos, de la cual rescato totalmente el helado de "frutos del indomito bosque" (parte de mi historia pasada) y los intentos de comida mejicana (bien chilena eso si), este café es un café de verdad.
Encontré preciso mostrar, que triste no poder mostrar el aroma.
Es la mesa de la ventana, de la ventana indiscreta, que mira a todo el mundo pasar por debajo de ella. Es la mesa de la tarde, de la mañana. Es la mesa que se queda para que yo la use de vez en cuando.

1 comentario:
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