El rugido.
La brutal agonía del silencio, la torpe idea de la muerte heroica.
En el campo caen en silencio, ahogan la mirada en el cielo de flechas voladoras. Esperando una mañana clara, esperando que los que se ve esfumandose sea parte de la pesadilla de la noche previa a la batalla. A pesar de los ruidosos pasos del enemigo sobre la hierba seca, se encuentra inmerso en una nube blanca y espumosa que parece repetir el patrón de los pensamientos, ya no existe un mínimo rastro de dolor, sólo la herida ardiente, una simple sombra del único y acertado golpe. Suspendido, cada vez más lejos, es la brisa la que se lleva uno a uno las sensaciones de ayer, de antesdeayer, del mes pasado, de la cena, de los últimos abrazos previos a la campaña. La hoguera, el trueno, la expedición, todo aquello que llevó a peliar en este momento, la conciencia de la esperanza de lograr el fin justo.
En fin, cuando las frias extremidades dejen de atraparle en la incómoda tierra pareciese que lo único que falta por desgarrar del ruidoso batallón es la cabeza pensante, algo no deja de sostenerla, ¿será la mirada fija en el cielo que empuja mi craneo contra la tierra?
No se escucha ya nada mañana, o será hoy, el tiempo no es tiempo, la frialdad ya es una permanente sensación, ya ni la herida es...
Lo único que le haría volver sería el rugido de la trompeta del triunfo, lo único que estaría a la altura de traerle de vuelta al campo. Lo único que rompería este hechizo que le está haciendo perder la batalla contra si mismo.